La Torre de Sant Joan es una construcción que conserva buena parte de su misterio. Situada en un punto estrecho y estratégico del terreno, en medio del valle, parece que tuvo una función de vigilancia y control del acceso a la villa por el lado de levante. Su posición no es casual: desde este lugar se podía observar el paso por el territorio y detectar movimientos en una zona clave para la defensa y la organización del entorno.
Los restos que han llegado hasta hoy corresponden a una torre de planta cuadrada, de unos 6,28 metros por lado, con muros gruesos de 1,10 metros y una altura conservada que todavía alcanza los 8 o 9 metros. Todo apunta a que originariamente debía de tener tres plantas, aunque la parte mejor conservada es la planta baja. De los pisos superiores solo quedan fragmentos de los muros de levante y de poniente, suficientes para imaginar el volumen que debió de tener esta construcción en su momento.
La Torre de Sant Joan se considera una obra de románico tardío, probablemente de los siglos XII o XIII, pero continúa siendo un elemento poco conocido. No se conserva documentación histórica clara y tampoco se sabe con certeza de dónde procede su nombre. Este carácter enigmático aumenta el interés de la visita, sobre todo porque cerca de la torre, siguiendo la cresta, se conservan otros restos de muros. Esto hace pensar que no era una construcción aislada, sino que podía formar parte de un conjunto más amplio, hoy solo parcialmente visible.
Dentro de Enselva’t, la Torre de Sant Joan es una parada para descubrir un patrimonio defensivo discreto pero muy sugerente. No ofrece todas las respuestas, y precisamente por eso invita a mirar el paisaje con más atención, a imaginar cómo se controlaba el territorio en época medieval y a entender que, a veces, los restos más silenciosos son los que abren más preguntas.
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